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Hacia interseccionalidades activistas

Hay proyectos bonitos, ilusionantes, estimulantes. Proyectos que podemos medir fácilmente por su capacidad de transformación. Y luego hay otros proyectos que producen cinco segundos de silencio tras la pregunta ¿quién se encarga de esto? La sostenibilidad de ZEMOS98 no es fácil, y nos guardamos mucho de dar noes. FundAction produjo silencio. Largo. ¿Una plataforma de financiación participativa para activismos en Europa que surge como iniciativa de cuatro fundaciones privadas? ¿Dónde impacta eso? ¿Cuál es el objetivo? ¿Qué va a producir? Bien, spoiler: me encargué yo… Y otro spoiler: terminé intrigado por su potencia.

Pero empecemos por el principio: hace justo un año acogimos y diseñamos el marco metodológico de un encuentro que produjo seis prototipos de plataformas de financiación participativa. Felipe-de-zemos llevó adelante el encargo: 35 activistas con experiencias y procedencias diversas trabajaron por grupos durante tres días para diseñar un modelo de plataforma que permitiera una redistribución más democrática de parte de los fondos de estas cuatro fundaciones. Un par de meses después fui yo a una casa de campo al norte de París a seguir desarrollando, junto a un grupo de activistas esta vez más reducido, una idea que combinara algunas de las características que se propusieron en Sevilla. ¿Sabes este subidón cuando, sin previo aviso, un grupo de gente que no se conoce funciona bien trabajando junta? Pues nos volvimos con las energías arriba. Demasiado arriba.

Como nos habíamos molado, decidimos seguir trabajando digitalmente hasta tener algo que ofrecer a la comunidad que había estado en Sevilla y que tan amablemente había invertido su tiempo en esta idea extraterrestre. Acordamos que cada uno de los ocho miembros del grupo de facilitación dedicaría un par de días de trabajo al mes para poner los cimientos de la plataforma. Las estimaciones de tiempo fueron conservadoras porque el presupuesto para pagar nuestro trabajo era bastante cortito. Y a lo largo de los meses, en conversaciones eternas de Skype -si lees esto en El Futuro, espero que no siga existiendo este software del demonio– nos enfrentamos al reto de diseñar una infraestructura que fuera capaz de financiar colectivamente activismos en Europa.

La idea se desplegó en toda su complejidad en una amplia graduación de lo que los optimistas llaman retos y los pesimistas llamamos problemas. Podríamos resumirlos en tres grandes bloques: problemas económicos, problemas técnicos y problemas filosóficos. Claro, unos se relacionan con otros, y vienen a confluir en un -esta vez diré- reto: construir una estructura que debe tender a afectar y a sentirse afectada por un gran número de personas en uno de los cinco continentes del mundo. Y además hacerlo con una inversión humana, técnica y presupuestaria más que modesta. No teníamos dinero para pagar excedencias de los miembros del grupo de facilitación de su trabajo habitual; tampoco teníamos capacidad económica para pagar el desarrollo técnico de una plataforma online que permitiera acoger las conversaciones en toda su complejidad; y lo cierto es que los problemas que acogimos con una verborrea más feliz fueron los de carácter filosófico… Pero las reuniones de Skype se nos escapaban por el sumidero de preguntas como: ¿cómo podemos hacer para achicar el gap de la participación digital en comunidades con poca alfabetización digital? ¿cómo hacer llegar el proyecto a comunidades en los márgenes del activismo?  Etc, os las podéis imaginar, al activismo de izquierdas le encanta pensar en voz alta.

Una de los miembros de la plataforma, Rose Longhurst, logró en varias ocasiones desbloquear conversaciones bizantinas volviendo sobre un documento con los estatutos y valores que logramos desarrollar al norte de París varios meses antes. ¿Que nos enfrentamos a la pregunta de si desarrollar herramientas de fiscalización de los gastos realizados por activistas cuyos proyectos han resultado becados? Nos apoyamos en el trust del documento de valores. Y así, a trompicones, avanzamos hasta configurar la herramienta que ahora mismo está funcionando en fase beta con una comunidad reducida, y que se abrirá durante 2018 a cualquiera que suscriba los valores. Si has llegado hasta aquí sin saber muy bien en qué consiste exactamente FundAction, no lo vas a encontrar en este post, pero puedes leerlo en este artículo que publicamos en nuestra web hace unas semanas. Venga, clica ahí, que te espero.

¿Ya? Con la plataforma más que presentable, avisamos a los activistas que habían estado en el encuentro de Sevilla de que serían los early adopters de FundAction durante la primera convocatoria de becas. Y además, cada uno de ellos, al darse de alta en la plataforma, tendría a su disposición cinco invitaciones para mandárselas a otras activistas que podrían estar interesadas en la plataforma. La definición de activismo, por cierto, es muy laxa, para que entre casi cualquier persona que trabaje en algún ámbito con capacidad de transformación social. Sofía-de-zemos participó en el encuentro de Sevilla, así que fue parte de la primera camada y se vio en la situación de enviar sus cinco invitaciones. Yo, como miembro del grupo de facilitación, también tenía cinco invitaciones. Así que hicimos dos cosas que nos gusta mucho hacer en ZEMOS98: mancomunar las decisiones y hacer votaciones.

Y lo que parecía una pregunta sencilla nos descubrió haciendo un juego de equilibrios en la búsqueda de un listado final. Preparamos un excel en el que cada una podía preseleccionar a cinco personas para luego votarlas individualmente y, tras una sencilla suma, encontrar los resultados. Pero claro, ¿cuáles son los perfiles más adecuados para un proyecto como FundAction? ¿Dónde encontrarían éstos la motivación para participar? Y he aquí que estas preguntas nos dirigían a otra más fundamental: ¿cuáles son las potencias del proyecto? ¿Y cuáles de estas potencias queremos favorecer con nuestras elecciones?

Dimos con un listado de gente que queremos y respetamos, y encontramos de su parte respuestas de esas que ofrecen breves destellos de belleza frente al rodillo cotidiano. Pero esa no es la cuestión, la cosa es que esas preguntas pusieron sobre el tapete -más vale tarde que nunca- los motivos que hacen que FundAction sea una plataforma valiosa como experiencia de trabajo para la línea estratégica de ZEMOS98. Aclaración previa: no existe un consenso en el grupo de facilitación sobre las principales capacidades del proyecto, es una interpretación personal.

Entonces, ¿qué tiene de beneficioso participar en la plataforma? Claro, lo obvio es que tienes la posibilidad de optar a una serie de becas que se abren a lo largo del año y de financiar proyectos, ideas o intercambios de conocimiento que no tienen vías de financiación claras. Pero además, cuando publicas una propuesta en la plataforma digital, abres un proceso de diálogo y votación en el que las demás activistas tienen la posibilidad de ofrecer su opinión sobre cómo mejorarla. Es en este espacio debajo de las propuestas, aún en blanco, donde se debe cocer una de las potencias de FundAction: la creación de comunidades de trabajo entre agentes diversos y esparcidos geográficamente. En los países de los márgenes de la UE seguimos sintiendo un cierto recelo a aquellos proyectos que llegan desde Europa. A veces con razón. Otras veces impide que tracemos estrategias de sostenibilidad o aprendizaje translocales con agentes que enfrentan retos similares. Consideraría FundAction un éxito si nos convenciera de que el trabajo con colectivos desarrollando sus actividades en otros países nos permitirá mejorar lo que hacemos localmente. Si nos permitiera desarrollar comunidades de trabajo sostenidas sobre las ganas de trabajar juntas y no sobre los laberintos administrativos de los Europa Creativa, o los Erasmus+.

Pero para trascender esta aproximación rutinaria del trabajo transnacional que a veces hacemos, debemos reconocer otra de las potencias de FundAction: la de producir una redistribución efectiva de -un poco de- poder en el gesto democratizado de decidir a dónde van los fondos que la plataforma dispone. Los miembros de la plataforma nos equivocaremos, muchas veces, tomando decisiones. Pero ceder el poder significa abrirse a la voluntad de que quien no lo tiene aprenda a gestionarlo; a ofrecerse a construir los mimbres de una pedagogía del poder compartido; a, como decía el activista esloveno Matic Primc, construir un hábito de involucrarse en la toma de decisiones que cambie a las personas. FundAction es, sobre todas las cosas, un proceso de aprendizaje colectivo.

Cuando entras en la plataforma a dar tu opinión sobre las propuestas que otras activistas han publicado, éstas aparecen en un orden aleatorio en la web, sin organización temática o de ningún otro tipo.  En la plataforma hay activistas que vienen de muchos ámbitos distintos, con culturas del trabajo muy variadas, con experiencias y profesiones diversas. Y aquella persona que suba una propuesta debe ser lo suficientemente didáctica como para hacer que cualquiera pueda entender lo que quieres hacer, por muy técnico que sea. Por otra parte, aquella que valora la propuesta debe hacer un esfuerzo por entender qué significa y por qué es relevante en el espacio en el que se propone intervenir. En esta segunda dimensión del aprendizaje colectivo, se esconde otra posibilidad. FundAction, si con el tiempo empieza a ir bien, puede trabajar en la dirección de reducir las fronteras entre activismos sectoriales; puede pensarse en la línea de crear un espacio de trabajo para la interseccionalidad de los activismos.

Pero cada una tendrá que encontrar sus propios motivos para participar. De momento es eso, potencia.

Puedes suscribirte a la newsletter y conocer mejor el modelo de gobernanza de la plataforma en la web del proyecto: fundaction.eu.


Escrito por Lucas Tello.

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