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Historia de un hueco

Se mudaron al barrio. Las casas eran baratas (bueno, asequibles. Bueno, más asequibles que las otras casas de las otras zonas) Vinieron con sus hijos agarrados de la mano.

El colegio lo trajeron, se puede decir así, porque en el solar no había nada, ni un plan había. Lo trajeron caminando por la calle con pancartas, escribiendo cartas, encerrándose, les arrastraron por el suelo, a ellos de los pies y a ellas de los pelos y como rimaba lo hicieron canción. La canción la cantaban en el solar con fogatas, con tiendas de campaña, con abrigos desgastados por el frío y el paso del tiempo.

Vino el colegio. Se construyó a regañadientes, como si estuviera permanentemente en peligro el siguiente paso. Y allí se formaron sus hijos y sus hijas.

Que crecieron.

Y se fueron a barrios de casas baratas (bueno, asequibles).

La canción la seguían cantando y se acordaban de sus victorias, pero el edificio no tenía ya vida. Sin los niños y las niñas no tiene sentido un colegio. Se encogieron de hombros, decían “es una pena”.

El edificio se descuidó. Como estaba bien construido no se caía, ni se agrietaba. Nadie sabía muy bien que hacer con él. Fueron años de encogerse de hombros, de hojas sin barrer y barro. Luego hubo ventanas rotas y algún incendio pequeño. Se colaban por la noche y se llevaban lo poco de valor que quedaba. O se encendían lumbres y hogueras en el patio.

Mayores ya, volvieron a pasear por la calle, volvieron a escribir cartas. El cuerpo no les daba para encerrarse. Había rabia, claro, porque ese edificio que trajeron, que fue suyo, que les dio pena, ahora les daba miedo. Jamás en su vida habían tenido miedo. El colegio se limpió (una vez al año) Las ventanas no se repararon.

Pasó el tiempo. Algunos murieron orgullosos de sus conquistas y otros en el rencor de sus derrotas. Muchas mujeres y muchos hombres abrazados a sus familiares, viendo a sus nietos nacer y crecer y a sus hijas contarles que en el barrio nuevo peleaban por un colegio. La historia no se repite, pero rima, más como una canción que cómo un poema. Una mañana, cuatro personas entraron en el colegio. Dos mayores y dos jóvenes. Los mayores, dos hombres, decían “es una pena” y lo decían en serio. Las dos jóvenes (dos chicas) sonreían. A los pocos días en el muro del colegio había un cartel: “Taller Participativo, ¿qué hacemos con el cole?” Nadie había ido por allí nunca a ningún taller. Participativo era una palabra extraña, aunque sugerente. Que algunos juzgaban nueva y otras, vieja. Fueron apenas 12 personas el primer taller. A las dos chicas jóvenes que lo dinamizaban las criticaron por ello. No dejaron de sonreír.

El edificio sigue ahí, es un hueco.
12 personas pasaron una tarde imaginando si podría ser otra cosa.
La lista que sacaron fue:
“-Un sitio para los mayores
-Para refugio de las tormentas
-Un jardín para comer (alguien había añadido “huerto” al lado)
-Sitio de juegos para los nietos”
Al tiempo las chicas se fueron.
Es enero 2028. Las doce personas que fueron responden cuando les preguntan que los trámites avanzan. Que pronto aquello será otra cosa.
Confían en ello. Confían en las dos chicas sonrientes.

No pueden hacer otra cosa.


Esta historia fue escrita en 2018 por Guillermo Zapata para el #20CumpleDeZEMOS98.

La dinámica del juego fue la siguiente:

  1. Hicimos una tirada del juego Commonspoly para asignar un recurso a cada participante.
  2. Se le asignó dicho recurso en un régimen de propiedad privada, pública o común.
  3. Cada participante desarrolló una historia en torno al recurso en 2028. En el formato que cada una consideró más adecuado a sus propósitos.

A Guillermo Zapata le tocó Edificio abandonado en régimen de bien público. Puedes encontrar más información sobre el juego en nuestra web.

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